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Un balcón colgante a 1.000 metros del suelo Una treintena de pilotos procedentes de diferentes puntos de la geografía europea, incluyendo a una leyenda de la aerostación como el inglés, Brian Jones, además del campeón mundial, Marcus Pieper, el seis veces campeón de España, Javier Tarno, junto con el piloto burgalés, Félix Santacoloma Ruano, participan de la VIII Copa Internacional de Globos Crianza de Rioja, regata que finaliza mañana domingo y que otorga puntos para el ranking. Pese a que los vientos son propicios en agosto para la práctica de esta actividad, cada piloto desarrolla su forma particular de vuelo y aunque Miranda forme parte de la ruta, pues las coordenadas de la competición contemplan hasta la zona de Pancorbo, los vientos se han mostrado caprichosos a la hora de sobrevolar la ciudad del Ebro en la octava edición del certamen. El gran reto para los competidores es la de cumplimentar un determinado recorrido donde deben acercarse a unas dianas bien identificadas que les permiten sumar puntos. La exigencia y la adrenalina son tales que durante la travesía, siempre están acompañados por cientos de curiosos que quieren ver de cerca las cestas, las velas y la pericia de los pilotos. Además de lo estrictamente deportivo, algo garantizado en esta Copa con diferencia, la posibilidad de observar detenidamente de qué manera trabajan los profesionales. «En esta Copa hay pilotos que se encuentran compitiendo a un alto nivel y que son verdaderos profesionales», asegura el burgalés Félix Santacoloma, para quien existe otra forma de volar en globo: hacerlo de forma comercial. «Si a mi me dicen de niño que me iba a dedicar a esto no lo hubiera creído de ninguna manera. Todo comenzó en Vizcaya y hoy llevo trabajando más de veinte años, de los cuales estuve muchos como ayudante», asegura. Flotar en el viento El desconocimiento muchas veces prima a las personas del privilegio de dejarse llevar por el viento sobre viñedos y paisajes inigualables. «La suavidad de las cosas es una de las diferencias. Muchos creen que el viaje es un movimiento constante pero al cabo de diez minutos se dan cuenta de que no es así y que se trata de un balcón colgante móvil en el que vas cambiando de paisaje», destaca. Para muchos, volar en globo supone una aventura y para otros, una forma de vida donde siempre se pone a prueba la capacidad de sorpresa. «Me ha tocado llevar a alguien a volar sobre su pueblo y que esa persona no lo reconociera como propio y tener que llamar a una tía para gire alrededor de una su casa para darse cuenta de que era verdad», rememora. Sin embargo, el piloto siempre se queda con pequeñas fotografías en su retina «como una vez en Córdoba donde pude presenciar cómo un adulto enseñaba a torear a un niño sobre una azotea», añade con emoción. Pero también hay espacio para la distensión, pues «no sólo he visto cosas bellas, me he topado con otras sorpresas que no deben ser contadas», dice, entre risas cómplices, el burgalés. Flotar en un globo permite además de la emoción de los colores escuchar el silencio, «sabiendo que se trata de un elemento que no puedes dirigir», afirma Santacoloma. A diferencia de una primera impresión, montarse en uno, no genera la sensación de vértigo y si una persona se anima a quebrar esa barrera, podrá asomarse a ese balcón de privilegio «y mirar tanto hacia abajo como hacia el horizonte, sin dificultad», cuenta. Para Santacoloma la travesía depende mucho de las corrientes en la zona de vuelo y aunque las alturas varían en función del tipo de actividad, en un viaje comercial, lo más alto que se sube son 1.000 metros. Es cierto que el aterrizaje exige y mucho las habilidades del piloto, pero un paseo cerca del cielo, bien vale el sacrificio. Textos tomados del diario de Burgos
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